Deportistas transgénero, entre la inclusión, la justicia deportiva y las dudas médicas: ¿tienen ventaja las mujeres trans en las pruebas femeninas?

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El 9 de febrero de 1978, el alcalde de Auckland (Nueva Zelanda) Dick Hubbard y su esposa tuvieron a un niño que nació sano y fuerte, al que bautizaron como Gavin Hubbard. Con los años creció hasta convertirse en un recio hombre, que por sus cualidades físicas empezó a competir en halterofilia, hasta el punto de batir varios récords de su país en la (por entonces novedosa) categoría de +105 kg. Era 1998.

Veintitrés años después, cumplidos los 43 (una edad muy inusual para un deportista de élite), Hubbard competirá en sus primeros Juegos Olímpicos, pero lo hará bajo el nombre de Laurel y en categoría femenina. Por el camino ha pasado por un cambio de género que completó en 2012. En Tokio se convertirá en la primera persona transgénero que competirá en unos Juegos, abriendo una nueva frontera y muchas dudas. Su primera competición como mujer fue en 2017, en pleno arranque de este ciclo olímpico, por lo que, estrictamente, es una novata… como halterófila, pero no como halterófilo.

Su caso va a marcar precedentes en el mundo del deporte profesional. El cambio de sexo está cada vez más extendido en todos los ámbitos, aunque no por igual en todos los países, y el COI se ha tomado muy en serio el asunto para ser punta de lanza de la inclusión. Sin embargo, la presencia de mujeres trans en competiciones femeninas ha abierto un dilema ético y médico.

En España el debate ya está sobre la mesa desde el mismo momento que se lanzó el borrador de la Ley Trans que promulgó el Ministerio de Igualdad. En lo referido al deporte, en su capítulo VI, regula la participación de las personas trans en “las prácticas, eventos y competiciones deportivos, que se realizará atendiendo a su sexo registral, sin que en ningún caso puedan realizarse pruebas de verificación del sexo”. Es decir: una mujer será tal en una competición si se registra como ello, siempre que esté aprobado por los órganos deportivos superiores.

De momento, no es el caso. El COI establece una serie de especificaciones biológicas para que una mujer, sea trans o no, y lo hace midiendo los niveles de testosterona en sangre.

El COI y la Agencia Mundial Antidopaje se rigen bajo dos normas básicas para establecer el género de un deportista: identificación sexual propia (de qué género se define la persona) y la testosterona. En este último aspecto la frontera está en diez nanomoles por mililitro de sangre como máximo. En caso de duda, abren la puerta a un estudio cromosómico, mucho más exacto y menos ‘trampeable’.

La situación de Caster Semenya, campeona olímpica y actual récord del mundo de 800 metros, es paradigmática. La sudafricana es hermafrodita y había competido hasta el momento en categoría femenina sin problemas (que no sin polémica), pero el último cambio de normativa le obliga a medicarse para reducir la testosterona en su sangre, a lo que se niega. Esto le ha hecho quedarse fuera de la cita olímpica de Tokio, salvo un último recurso judicial.

Las diferencias entre hombres y mujeres, más allá de las visibles, en términos físicos y médicos son evidentes desde muy jóvenes. En el deporte, también.

“La ventaja masculina en el rendimiento físico comienza en la pubertad (aunque estudios han observado cierto grado de ventaja deportiva de entre un 9-15% a edades prepuberales) constatando diferencias en relación al sexo femenino de entre un 10-50%, siendo más pronunciadas en deportes que dependen de la masa muscular y la fuerza explosiva, sobre todo si esta involucrado el segmento superior del cuerpo”, nos explica el doctor Diego Concha Celedón, endocrino del equipo de Doctoralia experto en tratamientos de cambio de género.

Es decir: no en todos los deportes tienen ventajas los hombres frente a las mujeres ni tampoco en el mismo grado. “En eventos de carrera, por ejemplo, donde la brecha entre hombres y mujeres es aproximadamente del 11%, se deduce que muchos miles de hombres son más rápidos que las mejores mujeres. Esto es más evidente al examinar los registros de hombres jóvenes, que superan el rendimiento de las mujeres adultas de élite a la edad de 14 a 15 años, lo que demuestra un rendimiento atlético masculino superior al de las mujeres de élite pocos años después del inicio de la pubertad”, explica el doctor Concha.

Establecida la tesis de que los hombres, efectivamente, tienen ventaja deportiva sobre las mujeres, ¿cómo afecta esto a las mujeres trans? El doctor Concha apunta a que la actual normativa del COI, la de los 10 nmol/l, en realidad no sirve para establecer un marco de referencia en caso de personas que se hayan sometido a un cambio de género absoluto, con intervención quirúrgica para eliminación de atributos y terapia hormonal. Esta es la situación de la citada Laurel Hubbard.

“La mayoría de las intervenciones terapéuticas dan como resultado una supresión casi completa de los niveles de testosterona, ciertamente muy por debajo de 5 nmol/l. Por lo tanto, con respecto a las deportistas transgénero, vale la pena preguntarse si el corte actual de los niveles de testosterona circulante puede ser un factor realmente relevante, cuando de hecho ni siquiera la supresión cercana a valores de 1 nmol/L elimina la ventaja antropométrica y de masa/fuerza muscular de manera significativa. Esto no solo tiene que ver con un problema de inclusión y justicia, sino también con seguridad deportiva”, destaca el doctor.

Los datos avalan esta afirmación del doctor Concha. El Karolinska Institute realizó un estudio en septiembre de 2020 para comprobar si la terapia hormonal tenía un efecto en la musculatura de los pacientes. Participaron once mujeres trans (nacidos hombres) y doce hombres trans (nacidas mujeres) y quedó comprobado tras un año de tratamiento de reducción de testosterona a las primeras, todavía mantenían ventaja física sobre las segundas.

La polémica está servida. Las mujeres biológicas desde su nacimiento están viendo cómo sus marcas quedan machacadas por mujeres trans que se han ido introduciendo en competiciones femeninas. Y hay innumerables ejemplos.

Chelsea Mitchell, atleta especialista en 800 metros, llegó a ser la más rápida de Connecticut durante varios años y su nombre ya estaba en la lista de USA Athletics como una figura preponderante, pero sus marcas quedaron relegadas en cuanto varias corredoras trans empezaron a competir contra ella.

“He perdido cuatro títulos de campeonatos estatales femeninos, dos premios de Nueva Inglaterra y muchos otros podios por corredoras transgénero. Me subieron al tercer lugar en la carrera de 55 metros en 2019, detrás de dos corredores transgénero. Con cada derrota, se me hace cada vez más difícil volver a intentarlo“, contaba en una carta en USA Today.

Los legisladores en Estados Unidos ya están empezando a tomar cartas en el asunto. El gobernador de Florida, el republicano Ron DeSactis, acaba de firmar una ley que prohíbe a las mujeres transgénero competir en pruebas femeninas desde el instituto y la universidad. Lo que era una cuestión deportiva ha pasado a ser un asunto político, ya que se ha visto como un precedente que tomarán todos los estados conservadores. Arkansas ha tomado la misma decisión.

De unas protestas aisladas ya se ha pasado a una protesta firme. La entidad Save Women’s Sports (SWS) ha abanderado la lucha del deporte femenino frente a los deportistas transgénero y han elevado sus quejas directamente al COI.

Linda Blade, excampeona canadiense de heptatlón y presidenta de Athletics Alberta, y la levantadora de pesas estadounidense Beth Stelzer son dos de las figuras más preponderantes de este movimiento. “Las normas fijadas en 2015, que permiten a los hombres que se identifican como mujeres participar en las categorías femeninas, son inaceptables. Reducir los niveles de testosterona durante un año no anula la ventaja masculina sobre las atletas femeninas”, se quejan en un escrito enviado al Comité Olímpico.

También deportistas mucho más mediáticas, como la legendaria tenista Martina Navratilova (defensora y activista proderechos de los homosexuales, colectivo al que ella pertenece), ha calificado de “insano, tramposo e injusto” esta situación. La ganadora de 59 torneos de Grand Slam se cuestiona qué normas deben establecerse para que las mujeres transgénero compitan contra mujeres biológicas.

Y aquí está el meollo de la cuestión. En la normativa deportiva prima como máxima regla que la igualdad y la justicia sea la que rija las competiciones. Por eso, la ciencia y las reglas deberán trabajar para que, de alguna manera, las mujeres y los hombres, nacieran biológicamente como tal o no, puedan participar del deporte como cualquier otra persona.

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