Los problemas económicos que ponen en entredicho el futuro de las instalaciones de Tokio 2020

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Las sedes construidas para los Juegos Olímpicos de Tokio dejan facturas multimillonarias e interrogantes sobre su futura utilidad en una ciudad que ya contaba con instalaciones de clase mundial, y después de haber acogido competiciones con las gradas vacías.

Tokio 2020 tuvo la mala suerte de verse golpeado por la pandemia, lo que obligó a trastocar los planes iniciales en cuanto a fechas y uso de sus sedes y disparó el presupuesto hasta los 15.400 millones de dólares (unos 12.950 millones de euros) debido a los costes del retraso y a las medidas anti-Covid-19.

Pero antes de que estallara la pandemia, ya hubo debate en Japón sobre si era verdaderamente necesario levantar estadios faraónicos al precio que ello conlleva, y en una ciudad que había prometido unos Juegos económicos y compactos, pero que van camino a convertirse en los más caros de la historia.

El nuevo Estadio Olímpico de Tokio fue terminado a finales de 2019, y según consta en el plan del Gobierno de Tokio y de la organización, será privatizado después de los Juegos para sacarle rendimiento económico acogiendo competiciones deportivas o conciertos.

El coliseo es propiedad en estos momentos del consorcio Japan Sports Council, conformado por diferentes entes públicos nipones, y estaba previsto que sus derechos de explotación salieran a subasta y pasaran a manos de una empresa en el otoño de 2020, planes que quedaron pospuestos con el retraso de los Juegos.

La idea era que el estadio, con capacidad para 60.000 personas, fuera renovado después del verano para aumentar su aforo hasta un máximo de 80.000 espectadores y que quedara disponible para su uso comercial desde 2022.

Pero con el retraso de un año de los Juegos este plan quedó en el aire, con la consiguiente pérdida de ingresos previstos para las arcas públicas más el coste añadido que supone mantener el estadio hasta que pueda completarse su privatización.

La principal sede de los JJOO de Tokio ha costado 156.900 millones de yenes (1.310 millones de euros/1.410 millones de dólares), y su mantenimiento asciende a 2.400 millones de yenes anuales (20 millones de euros/21 millones de dólares) que tendrán que ser asumidos por los organizadores.

Su potencial para albergar eventos deportivos o culturales multitudinarios a pleno aforo también es una incógnita en el actual contexto de restricciones sobre este tipo de actos debido a la pandemia, y tras haber acogido las competiciones de los Juegos Olímpicos y las ceremonias de apertura y cierre a puerta cerrada.

Otro de los nuevos estadios más icónicos construidos para Tokio 2020 es el Ariake Arena, sede del voleibol y del baloncesto en silla de ruedas, y que tras los Juegos será usado como centro deportivo y cultural con capacidad para 15.000 espectadores.

El Centro de Gimnasia de Ariake, también ubicado en la zona de la bahía de Tokio, será reconvertido en un auditorio para conciertos y otros eventos con 12.000 asientos.

Las islas artificiales en la bahía son la zona de la capital que más ha cambiado debido a los Juegos, que dejarán otras instalaciones para su uso público como los parques de skate además de una enorme explosión inmobiliaria, con la construcción de nuevos complejos de viviendas como los que se han empleado como residencia de los atletas en la Villa Olímpica.

En el mismo área se ubica el Centro Acuático de Tokio, sede que acogerá competiciones de natación domésticas e internacionales tras los Juegos y equipada con 15.000 asientos, que serán reducidos a 5.000 tras la cita olímpica. El centro cuenta con dos piscinas olímpicas y otra de saltos y también estará disponible para su uso por los ciudadanos.

A unos 300 metros del imponente nuevo edificio se ubica otro complejo de natación de categoría mundial, el de Tatsumi, que ha servido de sede del waterpolo durante los Juegos y que también cuenta con dos piscinas de 50 metros y una de saltos.

Los anfitriones contemplaron emplearlo como sede de todos los deportes acuáticos durante Tokio 2020 pero lo descartaron debido a que no contaba con suficiente aforo, y decidieron gastar 56.700 millones de yenes (437 millones de euros/514 millones de dólares) para levantar un nuevo centro que al final acogió las competiciones con gradas vacías.

Y es que de haber sabido que se avecinaba la pandemia, los anfitriones podrían haberse ahorrado estos costes monumentales que al final recaerán sobre el bolsillo de los contribuyentes, y haber empleado más sedes de las llamadas “zona de la herencia” de los Juegos de Tokio de 1964.

Entre ellas se encuentran el Gimnasio Metropolitano de Tokio o el Estadio Nacional de Yoyogi, instalaciones que han albergado competiciones olímpicas como el balonmano o el tenis de mesa, y que se encuentran en perfecto estado tras haber sido renovadas y forman parte de la amplia oferta de centros deportivos de acceso público de la que ya disfrutaban los tokiotas antes de estos Juegos.

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