"Sí, un poco locos estamos por hacer esto, pero creo que compensa"

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Durante estos días de finales de agosto, bajo la majestuosa presencia de los Alpes, deambula por las calles de Chamonix, de arriba a abajo y vuelta a empezar, una especie muy particular: la fauna de los corredores de montaña, los trail runners, que disfrutan hasta finales de agosto en el paraíso del deporte que aman. Todos reunidos bajo cuatro letras, UTMB.

Es sencillo reconocerlos: zapatillas multicolor y potentes suelas, camisetas con recuerdos de sus últimas hazañas con el kilometraje en letras mayúsculas, gigantescos relojes que musculan su muñeca y una conversación ininteligible para un ateo, que versa sobre desniveles, suplementación y batallitas para el recuerdo en carreras de 12, 24, 36 horas… cuánto más, casi mejor. Ah, y macarrones en el plato y plátano de postre.

Manu Sansegundo corrió ya los 57 kilómetros de la OCC en seis horas y media, feliz por la hazaña y consciente de que “si iba más rapido iba a petar”. Terminó entre los 100 primeros y no hay rastro de dolor, o eso parece. Lejos quedan aquellas carreras iniciales, aquellos 21 kilómetros en San Lorenzo del Escorial. Poco le importaron los dos días que llegaron después, en muletas: “Flipé mentalmente por la experiencia”.

Desde entonces, el flechazo ha terminado en boda y Manu puede sentirse orgulloso de poder vivir gracias al trail, merced a su condición de atleta y entrenador personal (ultramanu.com), formando a nuevos miembros de esta secta que no deja de crecer.

A la pregunta de si tanto esfuerzo y horas corriendo compensa, no duda: “Me engancha el amor de la montaña y sí, un poco locos estamos, pero compensa”. Piensa lo mismo José Francisco Iglesias, también corredor popular ´-un peldaño bajo la élite- con varios podios en carreras y unas 20 horas semanales dedicadas a su pasión, a costa de sacrificar, principalmente, tiempo con su familia: “Es lo peor que llevo”. Su remedio: “Me levanto pronto los fines de semana, a la cinco o seis de la mañana, y así vuelvo antes”.

José Francisco, socio fundador de unos de los clubes de trail con más solera de Madrid, Agoteam, mantiene la calma mientras hierve por dentro de puro nervio, a un día de embarcarse en la locura de la UTMB: 170 kilómetros, 10.000 metros desnivel positivo y una previsión de 26 horas de carrera diseñadas de memoria en su excel mental. Sí, más de un día corriendo en una prueba que da hasta 47 horas y media para acabarla. Y después, vuelta a su doble vida: empresario entre semana, loco de las montañas el resto del tiempo: “A mí sí me compensa, porque me encanta lo que hago”. A su lado, su mujer Arantxa no piensa lo mismo.

Tampoco Cristian Manole. Apunten su nombre, pues ya no es un corredor popular. Este bombero rumano afincado en Los Molinos (Madrid) le cogió gustillo al trail hace unos 4 años, estrenándose en una carrera de más de 300 kilómetros. Locura. “La experiencia me encantó y cada vez fue a más”, relata. Ahora, también junta unas 22 horas semanales de entrenamiento, intentando alejarse lo menos posible de su hijo recién nacido: “Mantener este nivel no es fácil, así que supongo que en un años lo dejaré. La vida es muy corta como para no disfrutarla”.

Este viernes partirá en primera fila de la UTMB, con una previsión de tiempo de 20 horas y media, registro que le catapultaría directamente al podio. No tiene un apellido de renombre como los Gamito, Thevenard o D`Haene, pero puede medirse y batir a cualquiera de ellos, como dejó probado hace dos meses en la carrera de Vall D’Aran: salió primero y nadie pudo con él. “Estas semanas he entrenado buenos ritmos, así que me encuentro bien”.

Todos ellos, sin excepción, suben en cada carrera a una montaña rusa donde da tiempo al abanico más amplio de sentimientos: lloran de repente, mueren al instante, sufren como perros y, en resumen, dicen disfrutar. “Yo cada vez que me noto mal tengo una frase que no falla: ¡¡aupa ahí, ostiassss!! cuenta José Francisco. Manole le pone menos pasión: “Pienso que el resto también sufre y que lo está pasando peor que yo, y yo pues aguanto”.

Como Manuel, José Francisco o Cristian hay miles de locos por las calles de Chamonix, animando hasta quedar afónicos a cualquiera con un dorsal en su camiseta y con un mandamiento casi inalterable: el sufrimiento está muy rico.

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